—Señorita Gibson, no es necesario que me consuele. Hay cosas de las que nunca se puede soltar la mano. El dolor también es una experiencia de vida. Prefiero cargarlo que olvidarlo.
Rubí quedó sorprendida por la firmeza de aquellas palabras. Suspiró y asintió con respeto.
—Lo que dice… tiene razón.
Entonces, de pronto, un pensamiento cruzó su mente. La observó con curiosidad y preguntó:
—Pero… ¿cómo sabe que me apellido Gibson?
La señora señaló la lápida.
—El nombre del hijo que aparece arriba debería ser tu padre, ¿no? Así que supuse que tu apellido es Gibson.
Rubí se quedó congelada unos segundos, antes de reaccionar.
—Sí… es cierto. Pero, me pregunto, ¿cómo debería llamarla a usted?
La mujer titubeó, como si rara vez le preguntaran aquello. Finalmente, sonrió y respondió:
—Mi apellido es Jensen. Puedes llamarme señora Jensen.
Rubí notó que hablaba de su propio apellido y no del de su marido. Por su porte distinguido y su atuendo de alta gama, era evidente que pertenecía a una famili