GABRIEL DE LA VEGA
Tenía a Isabella acostada sobre mi pecho; se veía tan tranquila dormida, mientras yo me encontraba preocupado. Ahora Silvina sabe que tengo una hija. Sin embargo, eso llama mi atención: si Silvina no sabía nada es porque no ha hablado con Navarro. Necesito hablar con ese infeliz.
No dormí en toda la noche, mi cabeza estaba a mil y no logré conciliar el sueño.
—Buenos días, mi amor —observo los hermosos ojos de mi mujer, y al escuchar la forma como me habla, siento que el cora