El fuego que quemaba sus venas fue lo que la hizo despertarse de golpe. Mía abrió los ojos; ni siquiera notó que estaba envuelta en la obscuridad absoluta. El dolor la invadió de inmediato, se sentía débil, más débil incluso que cuando era una simple humana. Pronto se dio cuenta de que estaba atada de manos y pies, y las sogas que la envolvían también le quemaban la piel como si le hubieran puesto algún químico corrosivo que lentamente le consumía la carne hasta dejarla enrojecida y llena de ll