Había pasado media hora desde que Akira estaba en mi habitación, en mi cama para ser exacto, no había dejado de mirarla, aún no me creía que ella era mía. Seguía desnuda entre las sábanas con la que cubrí su hermosa figura acariciaba sutilmente su cabeza y di un beso en su frente eran al rededor de las tres de la tarde.
Lentamente fue abriendo sus ojos y estiró sus brazos
—¡mmmm! Siento como si me han quitado un peso de encima—
La bese suavemente sonriendo en sus labios
—te dije que te tenía