Irene.
No era común que mi mente divagara, se distrajera o fuera tan irresponsable como para abandonarme en un lugar donde un tipo de 1,86 me besaba de la forma en que lo hacía.
Debía huir, correr y esconderme en el lugar más recóndito del mundo para no volver a ser vista por ese par de ojos que lanzaron un aviso que interpreté como la perdición a la cual yo sola me estaba lanzando al no detenerlo.
Pero a diferencia de otras veces, recobré el sentido. Puse una mano en su pecho y lo miré con pe