Del grito en el cielo, procedo a la reacción más lógica que se me ocurre: salir corriendo llevándome la silla de Leandro. Para esta acción tiro las muletas, me apodero de las empuñaduras y hago de las mías.
—¡¿Qué está pasando?! — exclama preocupado Leandro.
—¡Vi un gato muy grande! ¡Tenemos que irnos! — exclamo sonando como una maniática y no revelando lo que creo que vi en realidad.
La velocidad con la que llevo la silla no es de gran ayuda porque el terreno no me permite avanzar mucho, ademá