Thomas corrió hacia el estacionamiento del edificio de Bruno y apretó la alarma del llavero haciendo sonar el coche. Corrió el último tramo con el corazón en la garganta y se metió en el asiento del piloto.
No esperaba que su pecho se presionara contra sus costillas en lo que parecía el inicio de un ataque de ánico. Su estómago se revolvió y sus manos se congelaron sin poder acercarse al volante, como si este estuviera ardiendo en llamas. Estaba petrificado en su lugar, sintiendo que sus oídos