SOLANGE
—No lo creo —susurro entrando a mi habitación, cerrando la puerta con pestillo pese a que sepa que no servirá de nada.
Las manos me tiemblan, una brisa gélida, casi inexistente recorre cada fibra de mi piel, la boca se me seca de la nada, los labios se me fruncen y el dolor que me avasalla el pecho no se me va, no se me despega.
Intento tomar una nueva bocanada de aire, pero me es imposible, los recuerdos de mi niñez, su voz, sus consejos, incluso sus regaños y reprimendas, todo se me