Sebastián se encontraba de pie en la sala principal de la mansión Montenegro, la tensión era palpable en el aire. Su mirada severa recorría la habitación, observando a los familiares que ya se encontraban reunidos. Las manos le temblaban ligeramente, no por miedo, sino por la creciente impaciencia que lo carcomía. Sabía que cada minuto contaba, que el peligro estaba acechando, y que no podía permitirse demoras.
Su madre, Jazmín, estaba sentada en uno de los sofás, con la espalda recta y las man