—Vamos a Casa Blanca… —Anunció André a su conductor, mientras a su lado, Samara miraba afuera de la ventanilla totalmente perdida en sus pensamientos.
Había estado callada desde que su abuelo le ofreció todo el apoyo y le dijo ese montón de cosas cursi y surrealistas, que, a la larga, ella no iba a disfrutar con plenitud.
Pierre había jodido sus propios planes diciéndole que no permitiría que se quedara en otra parte que no fuera su casa, y, por ende, estas dos semanas, serían más horribles de