—Luna, por favor, espera.
Alguien me llamó desde atrás. Pude oír los pasos rápidos, y especialmente el ritmo irregular de la madera golpeando contra el suelo.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano con rabia y me giré hacia ella.
—¿Qué? ¿Qué quieres? —espeté, dejando que mi ira aflorara.
Leila se detuvo a unos metros de mí, respiró hondo y se relajó apoyándose en sus muletas.
—Lo siento —murmuró.
-¿Por qué? —grité a medias—. ¿Por apoyar las mentiras de tu Beta? —le pregunté.
—No es...
La