A la mañana siguiente, me desperté con el pie izquierdo. Nada parecía ir bien. Me golpeé el dedo meñique del pie contra la mesa. Casi se me cae la taza de café encima y aun así terminé con una leve quemadura.
Tal vez fue por lo que pasó anoche.
Alfa Marcus me había besado como si quisiera comerme viva, y luego salió de la habitación como si mis labios y mi lengua hubieran sido cubiertos de veneno. Me había llevado al límite y me había dejado allí, indefensa. Nada podía hacer que ese sentimiento