-¡Dios, Dios, Dios...! – repitió Mike mientras se ponía nuevamente en pie para recorrer el amplio salón en el que estaban sentados, se acercó a la ventana y miró abajo. La habitación daba a la calle justo encima de la elegante entrada del hotel. En ese preciso momento se detuvo una enorme Limousine, de ella se apeó una despampanante mujer de pelo cobrizo, no tendría más de veinticinco años, detrás suyo bajo, como no podía ser de otra manera un hombre, de pelo canoso, ya no cumpliría los sesent