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No le quedó más remedio que obedecer y desayunar. Comió con ganas, era mentira que no tenía hambre, ella siempre tenía apetito. Daniel no paraba de mirarla, estaba atento a todo lo que ella necesitaba, le sirvió más jugo, la instó a comer más y más ofreciéndole más bizcocho… Cuando se dio cuenta de que había devorado casi todo y que Daniel la estaba mirando con expresión de suficiencia volvió a enojarse. ¡Dios! Qué estúpida era, siempre caía en todas las tretas de su esposo.

Dan avisó a J
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