Los días transcurrían lentamente, y Valentina seguía dividiendo su tiempo entre el hospital, las reuniones de negocios y su hogar. Aunque su prioridad era estar al lado de Javier, no podía descuidar el bienestar de su bebé. A pesar del caos, trataba de mantener la calma, pero cada día era más difícil ignorar las señales que su propio cuerpo le enviaba.
Una mañana, mientras se sentaba junto a la cama de Javier, sintió una punzada en el abdomen. Al principio pensó que era solo el estrés, pero al