El escalofrío, que ya se ha vuelto bastante recurrente en mí, empezó a navegar por todo mi cuerpo. Sin pensármelo mucho, le asentí para darle mi aprobación. Su mano comienza a desplazarse hacia la parte baja de mi vestido y, de forma muy lenta, levanta en dobladillo, dejando al descubierto más de la mitad de mis muslos.
No sé la razón, pero mis ojos no se van del rostro de Robert que también me está mirando con un brillo particular en su mirada mientras se lame sus labios una y otra vez.
En un