Teo colgó la llamada con Nerea y dejó el teléfono a un lado, sin apartar la vista de Hannah. Ella, que hasta hacía unos minutos había estado sentada en el borde de la cama, ahora caminaba de un lado a otro. Parecía una bomba a punto de estallar. Tenía las manos apretadas a los costados y la mandíbula tensa.
—Deberías volver a sentarte, cara —dijo él con calma.
Ella no pareció escucharlo. Seguía hablando sola, murmurando palabras que él no alcanzaba a entender.
—¿Cómo no pensé en ella? —preguntó