Adeline blandió la escoba con firmeza para impedir que su tío se acercara. Hoy lo confirmó con sus propios ojos: Devin era pura palabrería, un hombre sin sustancia y, además, bastante torpe. Le tenía un pavor ridículo al más mínimo dolor y no tenía la menor idea de cómo arrebatarle la escoba con destreza.
Cada vez que las cerdas lo alcanzaban, él retrocedía dando saltos. En cuanto se sentía a salvo, volvía a cargar con valentía fingida, pero un solo movimiento de Adeline bastaba para hacerlo re