Adeline, sin embargo, pensaba que era mejor que Sienna no se hubiera caído. Si realmente hubiera tocado el suelo, le habría resultado difícil explicar la situación ante un anfitrión tan refinado como Alfred. Había reaccionado por puro instinto defensivo, olvidando por un momento dónde estaba.
Al menos, Damian había tenido algo de decencia al sujetarla de los hombros en lugar de dejar que ella se refugiara en su pecho. Cuando ambos regresaron a la mesa, Adeline ni siquiera les dirigió la mirada.