La lluvia azotaba con fuerza los vidrios de las ventanas del dormitorio de Valerie, proyectando largas sombras que se deslizaban por el piso de madera. Eran más de las once de la noche, y la finca estaba envuelta en un silencio asfixiante.
De repente, el celular de Valerie vibró con fuerza sobre la mesita de noche. Lo tomó y vio el nombre de su mejor amiga parpadear en la pantalla. En el momento en que deslizó el dedo para contestar, un sollozo espeluznante atravesó el altavoz.
—“¡Valerie! ¡Por