En el estudio, apenas iluminado, de su finca privada, Víctor Cavill se recostó en su pesado sillón de cuero, agitando una copa de whisky puro. La habitación estaba en silencio absoluto, salvo por el tictac rítmico del antiguo reloj de pie que se encontraba en la esquina —un sonido que, en estos días, siempre le provocaba una sonrisa siniestra—.
A Víctor no le preocupaba. Sabía que el ataque que había ordenado contra Valerie había fracasado hacía mucho tiempo. Conocía el resultado desde hacía me