Mundo ficciónIniciar sesión
Hola, mis chicas bellas. Ya estoy de vuelta. Sé que tardé un poquito más de lo esperado, pero la rutina a veces nos envuelve tanto que las situaciones se complican. Aun así, aquí estoy, con el corazón puesto en esta historia y deseando que la disfruten.
Mis novelas son sencillas, románticas y llenas de ese cliché que nos hace suspirar. Tal vez no encuentren perfección, pero sí un espacio para distraerse, relajarse y dejarse llevar por el momento.
Si todo sale bien, muy pronto estaremos con actualizaciones diarias.
Sin más, acompáñenme a descubrir esta nueva aventura.
Un abrazo enorme.
*Una cita forzada… con el piloto. Es una obra escrita por Dannya Menchaca (DannyaRent) registrada en Safecreative bajo el código 2608206782102. Se prohibe su distribución parcial o completa, ya que estaría infringiendo con los derechos de autor*
「 ✦ ࿔˚⋆જ⁀➴ Jarrett ⍣ᝰ ⚡︎ ✦ 」
Mis manos vibran sobre el volante, es la última vuelta, estoy a punto de ganar… otra vez.
El rugido del motor me atraviesa el pecho, pero mi mente está fija en la línea perfecta de la carretera.
—Mantén el ritmo, Jarrett —la voz de Kenzo suena en mi auricular, firme, segura, como si él también estuviera dentro del auto conmigo—. No frenes todavía. Espera un poco más… ahora.
Obedezco. El auto responde como si leyera mis pensamientos. La curva se abre frente a mí y la tomo con precisión. La adrenalina me sube por la espalda, como un rayo que llega hasta mis manos.
Estoy tan cerca de la victoria que casi puedo saborearla.
La recta final aparece en mi campo de visión. El rugido del motor aumenta, feroz. Mis manos siguen vibrando sobre el volante, pero ya no es nerviosismo: es certeza.
—Son las últimas millas, Jarrett —dice Kenzo en mi auricular, su voz es tensa y orgullosa a la vez—. Dale, es tuyo.
Hago presión sobre el acelerador, la visión de todo se ve borrosa por la velocidad. Los gritos del público llegan distorsionados. Solo existe la línea blanca que se acerca, la que separa el esfuerzo del triunfo.
Y entonces… la cruzo.
La explosión de sonido es inmediata, el tablero se ilumina, el auto vibra como si celebrara conmigo mientras bajo la velocidad. Siento el golpe de la victoria en el pecho.
—¡Lo hiciste, Jarrett! —grita Kenzo, sin contenerse—. ¡Eres un maldito monstruo!
Sonrío. No puedo evitarlo, me detengo por completo, me recargo un instante contra el asiento, respiro hondo y dejo que la adrenalina termine de recorrerme.
Al bajarme del coche, me quito el casco y, en cuanto mis pies tocan el suelo, mi equipo me rodea. Me levantan, me abrazan, me golpean los hombros con esa euforia que solo nace después de una carrera que todos ganamos.
—Sonríe, hermanito —me abraza Delany, apretándome los hombros—. Demuestra que estás feliz.
—Lo estoy —aseguro, aunque mi sonrisa tarda un segundo en aparecer.
—Jarrett, ¿recuerdas al paramédico de Nashville? —pregunta Kenzo.
—Por supuesto —asiento. Ander me ayudó una vez, durante un pequeño accidente en uno de mis viajes a Nashville.
—Su hermano está aquí —informa.
—¿Hay manera de que venga para saludarlo?
—Veré qué puedo hacer.
La celebración continúa. Entre risas, música y planes. Kenzo regresa unos minutos después acompañado de un chico en silla de ruedas y una joven que lo acompaña.
—Hola —me acerco a saludarlos.
—Es un gusto conocerte, Jarrett. Siempre he admirado tu carrera —saluda el chico, con una sonrisa franca.
—Gracias —respondo.
—Soy Adriel Jackson, y ella es mi mejor amiga, Danae.
—Un placer —les doy la mano—. ¿Cómo está tu hermano?
—Bien. Feliz con su familia y sin dejar su trabajo.
—Me alegra. Es excelente en lo que hace; incluso he pensado ofrecerle que venga a trabajar conmigo —comento, divertido.
Adriel suelta una carcajada.
—Por más tentadora que sea la oferta, dudo mucho que acepte —niega con la cabeza—. No se separa de su esposa y su pequeño por nada del mundo.
—Es cierto —confirma la preciosa chica a su lado—. Felicidades por su victoria.
—Gracias.
—Por cierto, qué gran trabajo hiciste hoy. Esa última curva la tomaste de manera increíble.
—Se hace lo que se puede —declaro, orgulloso.
—Jarrett —me llama uno de los supervisores para una entrevista.
—Tengo que irme, chicos, lo siento —me disculpo.
—Ha sido increíble conocerte, gracias por dedicarnos un momento de tu tiempo —dice Adriel, aún con esa emoción vibrándole en la voz.
—El placer es mío. Enviaré un mensaje a Ander para invitarlos a otra carrera que tendré próximamente, en Tennessee.
—Eso estaría perfecto —exclama, entusiasmado.
Kenzo se acerca, me entrega dos gorras de nuestro equipo, se las firmo y se las entrego para que las lleven de recuerdo, de inmediato ambos se las ponen con orgullo.
Nos despedimos y se alejan, todavía sonriendo.
La celebración se extiende durante horas; entrevistas, la entrega de premios y fotografías, todo es risas, gritos y esa alegría desbordada que siempre nos invade cuando conseguimos una victoria.
Salimos del circuito bastante tarde. Estamos en Las Vegas, así que terminamos en un restaurante para cenar y continuar con el festejo. Mi madre no alcanzó a llegar a la carrera en esta ocasión y mi padre está de viaje por negocios, usualmente me acompañan, pero ahora se complicaron las fechas.
Ellos se divorciaron hace muchos años; mantienen una relación cordial, sí, pero no se soportan y eso es imposible de ocultar.
Mi madre siempre se dedicó al hogar. Proviene de una familia adinerada, tiene su propia fortuna y negocios familiares, se casó hace unos años con un buen hombre que la respeta y la quiere mucho.
Mi padre, en cambio, viene desde abajo; le costó mucho conquistarla por la diferencia de estatus social. Aun así, estuvieron casados diez años, tiempo suficiente para que él levantara su propia compañía de internet, es un hombre muy visionario.
Lleva varias relaciones fallidas; ahora, supuestamente, está con una mujer más joven, pero no sé… no estoy segura de que sea realmente feliz.
—Jarrett —se acerca Kenzo durante la cena—. El miércoles tendremos la celebración de tu victoria —me recuerda.
—¿Tengo que ir? —bufo.
—Ahí estarán todos los jefes y los patrocinadores, ¿tú qué crees?
—Está bien, asistiré.
—Invita a una de las modelos del circuito —sugiere.
—¿No puedo ir solo?
—Podrías, pero estará Woolen y Clarisse. En está ocasión no compitió por la lesión que tiene en el hombro, pero seguramente asistirá al evento.
Woolen es mi rival en las carreras. Es australiano y, aunque me cueste admitirlo, es un buen piloto; me ha ganado un par de veces. Si antes ya me caía mal, ahora es peor: está con mi ex.
Clarisse y yo nos conocimos en un evento de caridad. Ella se dedica a organizar eventos; una chica de cabello negro, ojos oscuros, una belleza natural y un cuerpo que llamaba la atención sin esfuerzo. Me atrapó casi desde el primer instante en que la vi. Bailamos, reímos y esa misma noche amanecimos juntos.
Empezamos a vernos casi a diario y en algún punto decidí que quería intentar una relación. Teníamos cosas en común, buena química, buen sexo… pensé que eso bastaba para construir algo sólido.
Duramos un año como novios, y para entonces yo creí que era momento de dar el siguiente paso. Podía imaginar mi vida con ella. No me exigía nada y yo tampoco a ella; era una relación fácil, cómoda, sin sobresaltos.
Le pedí matrimonio durante un momento especial. Aceptó sin dudar y empezamos a planear la boda. Pero había un detalle que nunca logré entender: jamás se llevó bien con mi madre. Desde el principio hubo una tensión silenciosa entre ellas, una incomodidad que yo no sabía explicar, de igual manera yo decidí continuar, creí que con el tiempo eso cambiaría, pero no.
No vivíamos juntos porque así lo había decidido ella. Como yo viajaba mucho, prefería quedarse estable en la ciudad para no descuidar su trabajo. Ya habíamos comprado una casa; solo faltaban unos pequeños detalles para que nos la entregaran.
La noche antes de la boda quise sorprenderla, especialmente porque había estado nerviosa toda la semana. Así que decidí llevarle un enorme ramo de rosas a su apartamento. El chico de recepción me saludó en cuanto entré y me permitió el acceso sin problema; al fin y al cabo, ese era uno de mis apartamentos.
Subí, entré… y me encontré con una escena difícil de olvidar. Ella llevaba el vestido de novia con el que se casaría conmigo y estaba sobre Woolen, montándolo como si hubiera un mañana. No sentí rabia. No hice nada. No pude, la decepción fue tan grande que no valía la pena ensuciarme las manos por alguien que no tenía respeto por mis sentimientos. Salí de ahí, fui a casa de mi madre, le conté todo y nos fuimos de viaje esa misma noche, su apoyo y el de mi hermana fueron cruciales.
Al siguiente día, la dejé plantada en el altar.
Sus llamadas de reclamo me daban risa. Decía que la ridiculicé frente a todos. Claro que cuando le dije la razón, no tuvo réplica.
Unos meses después se casó con Woolen, y, al parecer, les va bien, siguen juntos. Nos hemos cruzado algunas veces; ha intentado hablar conmigo, según ella quiere explicar lo que pasó, pero siempre la evito. Nunca entendí porque no fue sincera, si no me amaba, solo tenía que decirlo, ahora no hay nada que explicar.
—No quiero llevar a alguien y sentirme comprometido después —murmuro, volviendo al presente.
—Estamos en Las Vegas —me recuerda Kenzo, encogiéndose de hombros—. Podrías conseguir una escort, le pagas y todo termina esa misma noche. Ya depende de ti si quieres continuar con ella después y pasar un rato agradable.
—No lo sé.
—Hay una agencia muy prestigiosa. Puedo conseguirte la información y así no hay problemas de que la chica pueda hablar de ti más adelante, hay un contrato que se lo impediría.
—Lo pensaré.
—Aunque, hay muchas chicas que te acompañarían sin problema y sin tener que pagar.
—Estoy harto de salir con mujeres, pasar un rato y que después estén dando entrevistas de que tienen una relación conmigo —resoplo.
—Buen punto, eso no es bueno para tu imagen.
Noto cómo se limpia el sudor de la frente y sonrío. Hoy va a proponerle matrimonio a mi hermana. Delany acaba de cumplir veintiséis y ya llevan varios años juntos. Kenzo tiene treinta, como yo.
Yo no creo en el amor para toda la vida, creo en la estabilidad, en la comodidad en pareja, en la convivencia sana, pero no sé si eso esté relacionado con el amor, pero ellos… ellos creen todo lo contrario y parecen amarse de verdad.
Conozco a Kenzo desde hace mucho tiempo, me ha demostrado una y otra vez, que lo que siente por mi hermana es genuino, de otra forma no hubiera permitido esa relación.
Lo único que puedo hacer ahora, es apoyarlos y desearles lo mejor.
—¿A qué hora se lo pedirás? —pregunto.
—¿Y si dice que no? —responde, con una duda que rara vez le escucho.
—Pues se lo pides después otra vez… a menos que te eches para atrás.
—No, eso jamás —suspira—. Le preparé algo especial en el hotel; en cuanto lleguemos, le haré la propuesta.
—Suerte con eso —le doy una palmada en la espalda—. Yo me voy, estoy agotado y quiero descansar. En cuanto a la dama de compañía, consigue la información; me parece buena idea y quizá la contrate para toda la noche. Con los entrenamientos llevo fuera de servicio demasiado tiempo.
—No lo dudo —se ríe—. Investigo y te aviso.
Me despido de mi equipo, abrazo a mi hermana y salgo del restaurante. La ciudad se impone ante mí con sus luces vibrantes; la gente camina por las calles como si aún fuera temprano, disfrutando de la noche que en está ciudad, tiene más vida que el día.
El hotel donde nos estamos hospedando queda relativamente cerca. Es propiedad de un buen amigo, Zachary Ketner, así que me permito caminar un poco para despejarme.
—Jarrett —la voz de una chica me hace detenerme justo en la entrada.
—Hola —saludo cuando se acerca. Es una de las modelos que trabaja con nuestro equipo.
—¿No me digas que ya te vas a descansar? —pregunta con un tono sugerente.
Es muy atractiva: aproximadamente veinticinco años, cabello rubio, ojos claros, un cuerpo llamativo y siempre ha mostrado demasiado interés en mí.
—Sí, estoy agotado. Han sido días duros de entrenamiento y necesito un descanso.
—Si quieres, puedo acompañarte a tu habitación —se muerde el labio, dando un paso más cerca.
Nunca me han faltado mujeres para pasar el rato, pero no me gusta involucrarme con chicas con las que seguiré trabajando, se toman atribuciones que después crean problemas.
Se acerca lo suficiente como para que su perfume dulzón me envuelva.
—No tienes idea de las cosas que podría hacer para que te relajes —susurra y se muerde el dedo índice.
La idea no me disgusta; soy un hombre que disfruta de los placeres de la vida. Pero esta noche… no estoy de humor, realmente quiero descansar.
—Me temo que será en otra ocasión. No es un buen momento —me disculpo y avanzo hacia la entrada del hotel.
Llego al penthouse y dejo mis cosas sobre la mesa. Tomo un vaso, me sirvo whisky y camino hasta el ventanal. Las luces de la ciudad se extienden frente a mí como un recordatorio de todo lo que cambia… y de lo que no.
A veces pienso que mi madre tiene razón. Siempre repite que me amargué después de lo que pasó con Clarisse. Tal vez sí. No he tenido el mejor ejemplo de el amor para siempre, pero en algún punto pensé que con ella estaba bien. Me sentía cómodo a su lado, pensé que era la mujer indicada para mí… y su traición solo confirmó lo que, en el fondo siempre había sospechado: el amor o ese sentimiento de comodidad en pareja es fugaz, no existe un “para siempre”.
Desde entonces he salido con chicas, incluso intenté tener otra relación formal, pero nada encajaba. No me sentía cómodo, no me sentía yo. Terminé conformándome con encuentros casuales, con momentos que no dejan huella y son solo para satisfacción. No he logrado tener algo serio de nuevo, pero tampoco es que lo haya intentado demasiado.
El whisky arde un poco al pasar, pero me trae al presente, recordándome que gané otra vez.
Lástima que algunas victorias no llenan el silencio que queda después, a veces pienso que esto no es suficiente, necesito algo más en mi vida, pero no estoy seguro de que será.







