40. No soy un maldito cobarde
Tal como la primera vez que lo vio Mike estaba siendo un completo caballero. Le abrió la puerta del auto y la había llevado a un lindo restaurante que no era ni muy elegante para que se sintiera intimidada ni tampoco demasiado sencillo para creer que no le había puesto empeño.
Sus ojos miraban todo el lugar con emoción, pues muy pocas veces en su vida se había permitido ir a un lugar como aquel, para no decir que nunca. Él pareció haberse dado cuenta de su curiosidad que se apresuró a decir:
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