Laia.
Le había pedido a Leo que me acompañara a la habitación, aprovechando que Zoé estaba ocupada porque se metió en los entrenamientos matutinos de la manada.
—Discúlpame porque te vas a perder el entrenamiento de hoy —resoplé, abriendo la puerta.
—No me importaría dejar de lado a todos por ti, Laia —insinuó, pasando por mi lado—. Además, dijiste que era algo importante.
Se sentó en la orilla de la cama y me miró con esos inocentes ojos que me causaban ternura. Arrugué la boca en un puchero p