Laia.
Desperté somnolienta y con el cuerpo entumecido. Por un momento creí que no podía moverme, pero con lentitud logré mover mis dedos.
Exploré mi alrededor con mis ojos, sintiendo un agite en mi pecho cuando recordé todo lo que sucedió. ¿Cómo fue que llegué a una habitación lujosa?
Me di cuenta que no estaba sola. Una mujer desconocida me acompañaba, colocando un trapo húmedo sobre mi frente.
—¿Dónde estoy? —cuestioné, al ver que ella actuaba con tranquilidad.
—No te asustes. Soy una sanador