-No te ves muy bien-, me dice Ezekiel cuando entro en mi oficina. -¿Cuánto dormiste anoche?-
-¿Dónde está mi café?-
-Allá.- Señala la copa.
Levantó la tapa. Oler. La cantidad justa de canela y crema. Empujándolo hacia él, le ladró: -Tú lo bebes primero-.
-¿Disculpe?-
-Esperaré para asegurarse de que no mueras y luego lo tendré-.
Los ojos de Ezequiel se abren como platos. Entonces empieza a reír.
Lo miro. -¿Qué es tan gracioso?-
-Nada señor.-
Mi ceño es extra oscuro porque me está mintiendo.
Eze