Tras decir esto, hizo un gesto y el mayordomo que estaba a su lado comprendió al instante.
—Sr. Pedro, sígame, por favor.
—De acuerdo.
Pedro asintió ligeramente y siguió al mayordomo a través de un laberinto de pasillos hasta llegar finalmente al salón de reuniones.
Una vez sentado, comenzó una larga espera.
No fue hasta que Pedro terminó su tercera taza de té que Héctor apareció acompañado.
—Joven, estoy muy agradecido por tu ayuda médica hoy. Aquí tienes un cheque por diez millones como recomp