Estaba seria, como su madre difunta.
Delicia no esperaba antes que después de dejar la Ciudad de México, pudiera trabajar tan rápidamente.
—Pah.—el hombre encendió un cigarrillo y Delicia arrugó inconscientemente las cejas al oler familiar.
No le gustaba el olor a tabaco.
Miró al hombre:—Tío, el médico te dijo que no fumaras.
—Sí, sí, sí. —el hombre la mimaba, apagando el cigarrillo que tenía en la mano y tirándolo al cenicero.
Delicia se relajó y seguía ordenando los documentos.
Los tres