Al final, era él quien no podía dejarlo ir.
Si en este momento hubiera accedido a enviar a Yolanda fuera de la Ciudad de México, eso habría sido una buena respuesta.
Pero no lo hizo.
—Ella está ciega ahora. Si la envías fuera de la Ciudad de México, ¿dónde podría ir? ¿Quién cuidaría de ella? —Alvaro miró a Delicia.
Esas palabras sonaban casi como un interrogatorio.
También era una manera indirecta de decir que ella era cruel.
Delicia lo miró.
Solo lo observaba en silencio, la risa en sus ojos er