Alvaro frunció el ceño, un destello de desagrado pasando por sus ojos.
—Si no hay nada más, me voy a la oficina. —dijo con una firmeza un poco más marcada de lo habitual.
—¡Espera! —Isabel, su tono teñido de irritación, conocía muy bien el temperamento de su hijo. Como siempre, cuando se trataba de asuntos relacionados con Delicia, Alvaro tenía esa habilidad para confundir a todos, como un pez en aguas turbias. Claramente, aún no había superado a Delicia.
—Hablé con Valentina, le dije que organ