La afirmación de Delicia sobre su falta de vacilación, como si esos diez años de sentimientos se hubieran esfumado con el viento, dejó a Alvaro con una mirada helada en sus ojos. Por un instante, sonrió, pero su sonrisa era tan fría como su expresión.
Justo cuando Alvaro estaba a punto de decir algo, el disco en la computadora se abrió y, al mismo tiempo, su teléfono comenzó a sonar. A través del teléfono, se escuchaba la voz ansiosa de una enfermera:
—Señor Jiménez, por favor, venga al hospita