A la mañana siguiente, Diego observaba a Emma, quien dormía plácidamente, agotada por la noche apasionada e intensa que habían compartido. Su respiración era acompasada, tranquila, y su cuerpo desnudo apenas cubierto por la sábana revelaba las marcas que él le había dejado: chupetes, moretones y, sobre todo, la marca que sellaba su unión para siempre.
Le era difícil creer que había encontrado a su verdadera compañera. Su mate. Su reina y futura Luna.
Con cuidado, Diego extendió la mano y la pos