La sala de conferencias del hospital privado Holt estaba casi a oscuras. Las luces del techo permanecían apagadas y la única iluminación provenía de la pantalla de proyección que bañaba la mesa con un resplandor frío y azulado. Ese tipo de luz convertía los rostros en algo más duro, más severo, como si cada persona sentada allí estuviera siendo examinada junto con los datos que aparecían en la pantalla.
Harlan Holt entró primero. Detrás de él apareció Arders, caminando con calma despreocupada.