Sara lo comprendió todo de golpe y, una vez más, se sintió profundamente cohibida con su vestido revelador. Odiaba la compulsión que la había llevado a ponérselo. Pero, peor aún, se había dejado seducir de nuevo por un hombre que vivía buscando la siguiente emoción, el siguiente placer. La siguiente mujer que la adorara. En una habitación como esa, podía ver con demasiada claridad lo novedosa que debía de ser. Y entonces, como si viera un accidente de coche a cámara lenta, vio la mano de Simon