Sandra temblaba, sosteniendo el trozo de cristal con manos inseguras, mientras Ernesto la observaba con la mirada fría y desafiante. Su respiración era agitada, y sus ojos reflejaban una mezcla de furia y desesperación.
—¿Qué estás esperando, Sandra? —dijo Ernesto, avanzando un paso con la mirada fija en ella—. No me detendrás con amenazas vacías.
El trozo de cristal resbaló un poco de las manos de Sandra, dejando un pequeño corte en su palma. Soltó un gemido de dolor, pero no cedió.
—¡Tú no lo