Estaba sentada en el escritorio de la policía esperando a que me encerraran tras las rejas o, al menos, a que alguien viniera a darme la cara. El alcohol se me estaba pasando lentamente, pero aún sentía ese zumbido en la cabeza. Mierda, tal vez no debí haber tomado tanto, o al menos debí dejar que Jennifer me llevara a casa.
Después de unos quince minutos de estar sentada en el escritorio con las esposas puestas, una mujer policía se me acercó y me las quitó. —No vamos a presentar cargos, así q