“¡Lirios!”
Las palabras del niño resonaron en lo profundo de su mente.
Barbara ya no estaba en la recepción del departamento de radiología, sino de vuelta en aquel prado lleno de lirios bajo el sol del mediodía.
La brisa movía suavemente las flores, intensificando su aroma picante. A medida que se hundía más en el recuerdo, su corazón se sumergía en un abismo terriblemente familiar.
Bajó la mirada y ahí, entre las flores, había una lápida plateada sencilla y reluciente, con una inscripción:
“En