Ray se sentó en silencio en su coche. Había pasado una hora desde que regresó del trabajo, pero la idea de entrar en la casa le oprimía el pecho.
Justo cuando cerró los ojos con fuerza y exhaló profundamente, unos golpes en la ventanilla del coche lo sobresaltaron.
Suspiró, sabiendo ya quién era.
«Cariño, ¿por qué no entras?», preguntó Irene.
Ray salió lentamente del coche. «Nada», respondió secamente, pasando junto a ella hacia la puerta.
Irene corrió tras él. Le rodeó la cintura con los br