La luz de los quirófanos del Hospital General tenía esa cualidad particular de eternidad, como si el tiempo se hubiera detenido bajo las lámparas halógenas que convertían la carne humana en paisajes de rojo brillante y blanco perlado. Ella llevaba siete horas y cuarenta minutos de pie frente a la mesa de operaciones, con los pies entumecidos dentro de los zuecos quirúrgicos y la espalda protestando con cada respiración controlada que tomaba a través de la mascarilla estéril.
La niña en la mesa —