POV de NINA
Eran las tres de la tarde. El monitor clínico emitía su pitido plano, sordo, marcando setenta y cinco pulsaciones por minuto. Afuera, el sol de Madrid intentaba romper la niebla de la Castellana con una luz sucia que entraba por las rendijas de las persianas del ala este, iluminando las motas de polvo que flotaban sobre el edredón de satén manchado.
Estaba jodido. No por la fiebre, que el goteo intravenoso de mi brazo izquierdo por fin había domado en treinta y siete grados y medio,