Al ver su acción, la mirada de Ximena se llenó de desesperación.
—¡No! ¡Alejandro, baja el arma! Bájala...— Su voz se quebró por el terror.
Las lágrimas brotaban sin control.
La mandíbula de Alejandro se tensó visiblemente. Ignorando las palabras de Ximena, puso su dedo índice en el gatillo.
En ese momento, su corazón comenzó a latir frenéticamente.
No tener miedo sería mentira. Pero llevarse a Ximena era algo que tenía que hacer.
Conteniendo la respiración, a medida que aumentaba la presión, un