Un sonido sordo resonó, y Ximena gimió de dolor. Leo, que yacía en el regazo de Ximena, tensó su pequeño cuerpo y levantó la cabeza de golpe al escuchar el ruido inusual. Con un rostro lleno de incredulidad, miró a Ximena con pánico.
Ximena sostenía a Leo con un brazo y se frotaba la espalda adolorida con la otra mano. Hizo una mueca mientras se enderezaba y su primera reacción fue verificar si Leo estaba herido.
—Niño, ¿estás bien?— preguntó Ximena. Leo pensó rápidamente, pero su cuerpo parec