Suspiré y le pregunté a Teresa: —¿Quieres comer con ellos?
Teresa echó un vistazo a Javier, que estaba a punto de llorar, y sin preocuparse respondió:
—Lo que tú digas.
Javier estaba sentado en el asiento del copiloto, muy contento, y de vez en cuando se giraba para echarme un vistazo. Aunque mientras hablaba con Teresa hacía pucheros, ya no se tiraba al suelo a llorar como antes. Se había vuelto mucho más comprensivo, pero nunca lo odié por ser inmaduro, y tampoco lo quería que parecía ser madu