Madson interrumpió el ensueño del hombre pensativo que seguía en un charco de barro y le tendió la mano.
Él la miró fijamente y la forma en que ella le miraba le hizo sentirse libre de pecado. Era como si ella lo viera de una forma que él no merecía. Aun así, Cesare cogió las manos de la mujer, fijándose de nuevo en aquel guante, y se levantó del suelo.
Entraron en la casa todavía riendo, pero fue una mala idea de la que solo se dieron cuenta cuando llegaron al salón. Se miraron, y Sara estab