CAPITULO 104

Aunque había seguido al pie de la letra los consejos del abuelo, no había recibido ningún tipo de señal de mi esposa, quien se llamó a silencio.

Margaret, mi secretaría, me había comentado de manera fugaz que Rose, la asistente de Ana, le había dicho que ella no había leído ninguna de mis tarjetas, y que la primera, al leerla, le había generado lágrimas. Que Ana había llorado como una cría y que después botó todo a la basura.

Hoy le enviaría las últimas, con sesenta y siete ro

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