—Deja de apretar el bolso como si tuvieras el cuello de tu marido en las manos. Aunque, pensándolo mejor, entrena con el bolso y después acabas con él —le dijo su hermana cuando ya estaban en el taxi.
Delilah se percató de la forma en que lo estaba agarrando y del dolor que tenía en la mandíbula de tanto apretarla.
—En la cárcel te dan techo y comida, ¿no? Porque no sé si pueda aguantarme las ganas —siseó y cuando vio al taxista mirarla por el espejo retrovisor sintió sus mejillas encenderse—.