Entonces, un día la tragedia llegó.
Su pecho se apretaba y la ansiedad la invadía. El ataque de asma llegó sin previo aviso, y en su mente solo había un pensamiento: su inhalador.
—¡Abigail! —gritó con desesperación, su voz entrecortada—. ¡Necesito mi inhalador!
Abigail, que se encontraba en la cocina hirviendo agua, la escuchó pero no se movió de su lugar. La fría indiferencia dominaba.
Sin embargo, se dirigió hacia donde estaba la pobre mujer, en una habitación.
—Julieta, ¿estás bien? —qui