Abigail estaba sentada en la cocina, con la mirada fija en su taza de café, mientras su frustración se acumulaba. No podía soportar la idea de que Maxwell todavía estuviera enamorado de Aria. Cada vez que pensaba en ello, una rabia intensa la invadía.
—Odio saber que sigue pensando en ella —le dijo a su marido, Máximo, mientras agitaba la cuchara en su taza con impaciencia—. Es un tonto enamorado que no entiende lo que está en juego.
Máximo, con un suspiro hondo, la miró con seriedad.
—¿Y qué