Amanda tenía las manos temblorosas y era incapaz de sostenerle la mirada a Maxwell. Sabía que su final se acercaba, que ya no iba a funcionar como ella quiso, o se odiaba a sí misma por haber enviado esas últimas dos fotografías por error en un desliz de su dedo.
—¿Tienes algo que decirme?
—Sí, el empresario alemán...
—Basta, no quiero saber nada de trabajo en este momento. Apuesto que tienes algo más importante que decirme.
—No sé qué es lo que quiere escuchar, señor Maxwell.
—¿Continuarás afe