—Enrique, yo... —Valeria intentó sonar tranquila, pero su voz se quebró apenas—. Estoy... estoy en el gimnasio, Enrique. En el de la esquina de mi departamento. Por eso... por eso estoy sin aire.
—¿A estas horas de la mañana? —Enrique guardó silencio un segundo, y Valeria pudo escuchar perfectamente